—Buenos días, cariño.

—Buenos días, amor. ¿Me preparas mi cafelito?

Lo pide así, cafelito, porque es una especialidad propia, inventada a fuerza de repetirla cada mañana. Un café recién hecho. Un pelín de xilitol. Bebida de avena especial barista, calentada despacio en el espumador. Lo vierte en una taza pequeña hasta llenarla, corona con la espuma y, a veces, solo a veces, un toque de cacao puro por encima.

Daniel se levanta medio dormido, sin abrir los ojos del todo, y baja a la cocina. Yo me quedo un rato más entre las sábanas, escuchando el ruido lejano de la cafetera. Ese borboteo que anuncia que el día, por fin, va a empezar. Me llega el olor y mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.

Ahora sí. Ahora podemos empezar.

Vuelve con dos tazas y se mete otra vez en la cama, todavía caliente.

Subimos la persiana. Abrimos la ventana. Nos gusta que entre el fresco de la mañana, y la mayoría de las veces alcanzamos a ver el amanecer entre los árboles.

Es nuestro momento.

Sin duda, la mejor forma de empezar el día. El que más me cuesta sacrificar cuando algo se complica.

Sin hablar de nada importante. La taza entre las manos, el calor subiendo despacio, y ese ratito que es solo nuestro antes de que el mundo empiece a reclamarnos.

Y entonces pienso algo que llevo años pensando sin decirlo del todo.

Que no es el café lo que necesito cada mañana.

Es saber que alguien, al otro lado de la casa, se ha acordado de mí antes de que yo me acuerde de mí misma.

Creo que llevo buscando eso toda la vida. Mucho antes de Daniel. Mucho antes de saber ponerle nombre.

Seguridad. Algo que no se mueva aunque todo lo demás se mueva.

Y he aprendido, a base de intentarlo de muchas maneras, que eso no se encuentra.

Se construye.

Taza a taza. Gesto a gesto. Día tras día, hasta que dejas de fijarte en el gesto y solo notarías su ausencia si un día faltara.

Por eso el café, para mí, nunca ha sido solo café.

Pero hay mañanas en las que esa taza no la comparto con nadie.

Porque ese momento, a veces, también lo necesito sola.

Hay días en que madrugo demasiado. Bajo al salón todavía a oscuras, sin encender ninguna luz, y los gatos ya están esperando junto al ventanal, pidiendo salir.

Abro.

Salgo con ellos a la terraza, aunque sea de noche y haga frío, aunque dure apenas un minuto antes de que el cuerpo me pida volver dentro corriendo.

Subo la persiana. Abro las cortinas. Y me siento en el sofá con un libro y mi café, que nunca sale tan bueno como el de Daniel aunque use la misma cafetera y repita, casi al milímetro, el mismo proceso.

Pero me vale.

Me vale porque ese ratito a solas, en calma, conmigo misma, vale oro.

Por todas las veces que no supe estar sola. Por todas las veces que no soportaba escuchar mis propios pensamientos. Por todas las veces en que mi propia mente fue la fuente de toda mi ansiedad.

Ahora me disfruto despacio.

Me escucho.
Me cuido.
Me priorizo.

Porque esa media hora, esa hora conmigo misma, va a cambiar el curso entero del día.

Y he aprendido que la seguridad no solo se construye con otra persona delante.

A veces también se construye sola, en silencio, con una taza entre las manos y nadie más que una misma escuchando.

Hay una tarde que vuelve siempre que pienso en esto.

Mi amiga, en la puerta de casa, con esa sonrisa que se pone cuando en realidad no quiere que nadie mire demasiado de cerca.

—¿Interrumpo?

—Nunca interrumpes. Pasa.

No le pregunto enseguida qué le pasa. La dejo sentarse. Pongo la cafetera. El sonido llena la cocina mientras ella se queda callada, mirando la mesa, como si las palabras pesaran demasiado para sacarlas todavía.

Le dejo la taza delante.

—Cuéntame.

Y entonces, por fin, lo suelta todo.

No intento arreglarlo. No le digo que todo va a estar bien, porque a veces esa frase, aunque venga de buena fe, solo sirve para que la otra persona deje de hablar. Me quedo con mi propia taza entre las manos, dejando que hable todo lo que necesite.

Al principio bebe deprisa, con los hombros tensos, como si sostener la taza fuera lo único que la mantiene entera. Poco a poco, sin darse cuenta, empieza a sostenerla más tiempo entre sorbo y sorbo.

Los hombros bajan.
La cara se destensa.

Y entiendo, otra vez, por qué el café me reconforta tanto cuando soy yo quien lo ofrece.

Porque a través de él puedo dar lo que a mí, con palabras, todavía me cuesta.

Pero no todas las anclas se quedan cerca.

Hay amistades que no se sostienen con la cercanía de todos los días, sino con otra cosa. Con la certeza de que, aunque pasen meses sin vernos, en cuanto nos sentamos frente a frente, el tiempo se encoge y volvemos a estar exactamente donde lo dejamos.

He aprendido que esas anclas también viajan.

Que no hace falta la costumbre diaria para que algo siga sujeto con la misma firmeza.

A Madrid solemos ir en coche. Por trabajo, casi siempre. Pero llevamos ya tanto tiempo yendo que hemos aprendido a robarle a cada viaje un rato para nosotros. Antes de salir, el grupo de WhatsApp se enciende.

—Tenemos que ir a Madrid.

—Sí, aunque aún nos queda determinar la fecha.

—Ya tenéis vuestra habitación preparada. No tengo que decir que esta es vuestra casa.

Él no escribe nada, es de hablar poco en el grupo. Pero cuando llegamos, el café de especialidad ya está comprado y el plan gastronómico del fin de semana, decidido. Habla con gestos, no con mensajes. Y así, sin que nadie lo decidiera del todo, su casa se convirtió en nuestra segunda casa en Madrid.

A Berna vamos en avión, casi siempre en invierno. Llegamos con las manos heladas, y él ya nos está esperando con algo nuevo.

—Quería que lo probarais con nosotros. Es un tueste distinto, lo descubrimos hace poco.

El café allí siempre tiene algo especial. Y no podía ser menos, estando en Suiza: nunca llega solo. Siempre viene acompañado de chocolate, de bombones Lindt recién abiertos, como si una taza sin algo dulce al lado fuera, sencillamente, impensable.

Tazas y tazas durante todo el fin de semana, mientras fuera todo es blanco y dentro todo es calor. Y luego la fondue de ella, con su botella de vino blanco, mientras Daniel intenta, sin mucho éxito, robar queso de la olla antes de tiempo.

—¡Qué bien huele esto!

—Recuerda que quema.

Ella lo dice con ese acento suyo que tanto añoro cuando no la tengo cerca.

He aprendido que no es la ciudad lo que me hace querer volver.

Es lo que me espera dentro de cada una de esas casas.

Y creo que por fin entiendo por qué me afecta tanto, por qué llevo toda la vida necesitándolo.

Porque crecí aprendiendo que el cariño, muchas veces, no se dice. Se sirve. Se calienta. Se deja encima de la mesa sin preguntar si hace falta.

Y en algún momento, sin darme cuenta, convertí eso en mi propio idioma.

Por eso, cuando el olor a café aparece de repente, en cualquier sitio, a cualquier hora, no pienso solo en café.

Pienso en Daniel, pidiéndome el cafelito cada mañana.

Pienso en mí misma, al amanecer, en la terraza con los gatos.

En mi amiga, sosteniendo la taza hasta que los hombros le bajan.

En él, callado, eligiendo el café que comprará en esta ocasión antes de que lleguemos.

En ella, recibiéndonos con el pequeño de la mano y esa sonrisa suya que ya es hogar antes incluso de cruzar la puerta.

En él, queriendo que probemos siempre algo nuevo elaborado con precisión.

En ella, sirviendo la fondue como quien sirve un abrazo.

Son personas permanentes. Intensas. De esas que no pasan, se quedan.

Y por eso, para mí, el café ya no es solo un aroma.

Es seguridad.
Es confianza.

Es ese bienestar tranquilo de saber que, pase lo que pase, hay alguien dispuesto a prepararte una taza y sentarse contigo.

O que, pase lo que pase, puedo prepararme yo misma esa taza, y sentarme conmigo.

Por eso sigue siendo, de todos los aromas del mundo, el que más me gusta.

La memoria del café funciona así.

No avisa.
No pesa.
Solo espera, caliente, a que volvamos a buscarla.

Y hay personas que no se guardan en la memoria.

Se quedan en el cuerpo,
en ese primer sorbo que, de repente,
nos devuelve a ellas.

Para mis amigos.

Para los que saben que un café por la mañana
me hace un poco más feliz.

Para Pablo y Kesia, por convertir su casa en Madrid
en nuestra segunda casa.

Para Jesús y Margarita, por la nieve, el café caliente
y el vino blanco de cada fondue.

Por aparecer cuando la vida más pesaba.
Y quedarse.

Por ser, cada uno a su manera,
un ancla a la que siempre puedo volver.

Bienvenida a la colección
“Momentos”

Capítulo III, Abrigo

Si estás aquí es porque en tus manos tienes la vela que corresponde al Capítulo III de Abrigo titulado “Siempre Queda Café”.

Para poder leer el relato que esconde esta vela, pasa la