Esa noche soñé que estaba en Japón.
No sé en qué momento exacto el sueño me llevó hasta allí, pero de pronto estaba caminando entre campos de té verde que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Filas perfectas, ordenadas, de un verde tan intenso que parecía pintado. El aire olía a tierra húmeda y a hierba recién cortada.
Hacía tiempo que buscaba esto. Bajar el ritmo. Dejar de correr detrás de algo que ni siquiera sabía nombrar.
Y allí, entre aquellas filas de té, lo encontré sin buscarlo.
Los campesinos trabajaban despacio. No había prisa en sus manos, aunque las manos no paraban. Recogían las hojas una a una, con un cuidado casi reverente, como si cada hoja mereciera ese tiempo y ninguna más rápida que la anterior.
—¿Cuánto se tarda en recoger todo esto? —pregunté, sin saber muy bien a quién.
Una mujer mayor, con las manos curtidas y una sonrisa tranquila, se giró hacia mí.
—El tiempo que haga falta.
No fue una evasiva. Fue, simplemente, su manera de entender el tiempo. Uno no apresura lo que necesita su propio ritmo.
Me senté con ellos cuando terminaron la jornada. Nos quedamos en silencio, esperando. Y entendí entonces que esperar, allí, no era una pérdida de tiempo. Era parte del proceso.
Porque preparar un buen matcha no admite prisa.
Primero tamizan el polvo, verde intenso, casi fosforescente, para deshacer cualquier grumo que pudiera arruinar la textura. Lo hacen despacio, con un pequeño colador de bambú, dejando caer el polvo sobre el cuenco como quien deja caer algo precioso.
Después, el agua. Nunca hirviendo. Siempre un poco por debajo, porque el calor excesivo quema el matcha y le roba el dulzor.
La vierten despacio sobre el polvo.
Y entonces llega el chasen, el batidor de bambú, con sus finísimas varillas que se mueven en zigzag, rápido pero sin fuerza, como una muñeca que supiera exactamente cuánto dar y cuánto contener.
No se remueve.
Se bate.
En forma de eme. Una y otra vez, hasta que aparece esa espuma fina, casi cremosa, que corona la superficie como una nube pequeña.
—Ya está —me dijo la mujer, ofreciéndome el cuenco con las dos manos.
Lo sostuve así también, con las dos manos, porque algo en aquel gesto me pedía respeto.
Y entonces desperté.
Abrí los ojos todavía con el sabor amargo y vegetal en la boca, aunque no hubiera bebido nada. Con esa sensación extraña de haber estado en un sitio real.
Cogí el móvil antes incluso de levantarme de la cama.
Entré en Amazon.
Y pedí mi primer matcha ceremonial.
No fue casualidad que soñara con aquello. Llevaba semanas escuchando a Daniel hablar de matcha a todas horas. Del origen, de las variedades, de la diferencia entre el ceremonial y el culinario, de por qué el japonés siempre es mejor que cualquier otro.
Él fue el primero en engancharse.
Y de tanto escucharlo, de tanto repetir él mismo el ritual cada mañana, debí de quedarme dormida con esa imagen rondándome, porque terminé soñando con campos de té y manos pacientes tamizando polvo verde.
Así que decidí pedirlo como regalo de aniversario. Un cuenco de cerámica, un chasen de bambú, una lata de matcha ceremonial recién llegada de Japón.
—Mira lo que te he comprado.
Abrió la caja como un niño.
—No puede ser.
—Puede ser.
Y desde entonces, dejamos ese ritual para las tardes. Para esa pausa que nos regalamos cuando el día ya ha dado de sí lo que tenía que dar. O para los fines de semana en los que decidimos no salir de casa, apagar el ruido de fuera y quedarnos, simplemente, quietos.
Fuimos ajustando las proporciones durante semanas. Un poco más de polvo. Un poco menos de agua. Más despacio con el batidor. Hasta encontrar la medida exacta que nos gustaba a los dos.
Porque no a todo el mundo le gusta el matcha.
No a todo el mundo le gusta ir despacio.
No todo el mundo tiene paciencia para esperar a que el agua esté en su punto, para batir en zigzag sin prisa, para sostener un cuenco con las dos manos antes de llevárselo a los labios.
Pero nosotros sí.
Y sé que no con todo el mundo se puede disfrutar de un matcha.
No porque haga falta saber nada de proporciones ni de batidores de bambú.
Sino porque hace falta otra cosa, más difícil de encontrar: alguien dispuesto a dedicarle tiempo a algo que no sirve para nada más que para estar.
No todo el mundo valora eso.
Vivimos rodeados de gente que mide el tiempo en resultados, que necesita que cada rato tenga un propósito, algo que mostrar al final del día. Y no los juzgo. Yo también fui esa persona durante mucho tiempo.
Pero hay personas con las que un rato así nunca se queda corto. Con las que podrías repetir ese mismo ritual cada tarde, cada fin de semana, durante años, y seguiría pareciendo poco.
Porque entienden que no hace falta ningún motivo.
Que basta con estar.
Con esperar juntos a que el agua llegue a su punto, sin mirar el reloj, sin preguntarse cuánto queda, sin necesidad de llenar el silencio con nada.
Y entonces entiendo que ese es, quizá, el verdadero lujo.
No el matcha.
No el cuenco de cerámica ni el chasen de bambú.
Sino encontrar a alguien con quien ir despacio te sepa, de verdad, a algo.
Y pienso en todas esas tardes de sábado que se han convertido, sin que nadie lo planeara del todo, en una de mis cosas favoritas del mundo.
Las tardes de juegos de mesa.
Con los amigos de los que no hace falta nada más que su presencia. Con los que una partida de Catan es, sencillamente, el mejor plan posible para un sábado cualquiera.
—¿Esta tarde jugamos?
—Obvio.
Y con esa única palabra ya está todo dicho.
Llegan con las manos llenas. Alguien trae vino. Alguien trae algo de picar. Alguien se presenta sin nada más que ganas, y da igual, porque lo que de verdad traen no cabe en una bolsa.
Llegan con el corazón rebosante.
Y aunque no haya preparado nada especial, aunque la casa esté como está un sábado cualquiera, nadie lo nota ni lo espera. Porque todos sabemos lo difícil que es dominar el tiempo, llegar a todo, tenerlo todo listo. Y entre nosotros eso nunca ha hecho falta.
En cuanto llegan, encendemos la cafetera.
Y el hervidor de agua.
Sacamos pequeñas degustaciones de café, de infusiones, y claro, de matcha, para quienes ya saben lo que significa ese ratito. El tiempo que, con mimo, dedicamos a prepararlo. Uno a uno. Taza a taza. Sin prisa, aunque fuera ya hayamos repartido las cartas y el tablero esté montado esperando.
—¿Quién quiere matcha?
—Yo, pero con leche de coco, que desde que me lo preparaste así la última vez es mi favorito.
Y me gusta que lo sepan. Que recuerden cómo lo toman, que entiendan que ese momento no se apresura, aunque la partida espere.
Nos sentamos alrededor de la mesa, tazas humeantes, el tablero desplegado, y las horas empiezan a pasar de esa manera en la que no te das cuenta de que pasan.
—Te voy a dejar sin ovejas.
—Inténtalo.
Risas. Estrategias que cambian en el último segundo. Alianzas que duran lo que dura una ronda. Y en medio de todo eso, conversaciones que empiezan siendo sobre el juego y terminan siendo sobre la vida.
Porque así son las tardes buenas.
No necesitan nada extraordinario.
Solo gente con la que, sin tener nada preparado, sin ningún plan especial, de alguna manera lo tienes todo.
Y sin mirar el reloj, el sol empieza a caer.
Nadie lo anuncia. Nadie lo decide. Simplemente, en algún momento de la partida, alguien se da cuenta de que la luz que entra por la ventana ya no es la misma.
—Voy encendiendo un par de velas.
—Yo la lámpara del rincón.
Y así, sin que nadie lo convierta en un gesto importante, la casa se va llenando de una luz distinta. Tenue. Cálida. De esas que no buscan iluminar del todo, sino acompañar.
El tablero sigue ahí, a medio terminar. Las tazas, ya frías, siguen en su sitio porque a nadie le ha importado recogerlas todavía. Y nosotros seguimos sentados, envueltos en esa luz pequeña que parece hecha a propósito para alargar el momento todo lo posible.
Porque eso es lo que buscamos, sin decirlo.
Que no se acabe.
Que la partida dure un poco más, que la conversación encuentre otro tema antes de despedirse, que nadie mire el móvil para ver qué hora es, porque en el fondo todos sabemos que mirarlo sería el principio del final.
Y así seguimos.
Con las velas gastándose despacio.
Con las risas cada vez más bajas, más cómplices, de esas que ya no necesitan ser grandes para seguir siendo verdaderas.
Hasta que, mucho más tarde de lo que nadie había planeado, alguien se levanta por fin.
—Bueno... esto no acaba nunca.
—Por suerte.
El tiempo bueno no se mide en minutos.
Se mide en tazas que se enfrían despacio.
En partidas que nadie quiere terminar.
En gente con la que ir lento
nunca se siente como perder el tiempo,
sino como encontrarlo.
Y hay tardes que no se guardan en un calendario.
Se quedan en el cuerpo,
en esa luz de vela que, de repente,
nos devuelve a una mesa llena de amigos.
Para los que eligen venir a casa.
Para los que sienten esta casa como uno de sus lugares favoritos,
sin que nadie se lo tenga que pedir dos veces.
Para los que nos escogen, una tarde tras otra,
con toda la gente y todos los planes que podrían haber elegido en su lugar.
Para los que valoran compartir su tiempo con nosotros
sin mirar el reloj.
Gracias por quedaros hasta que se hace tarde.
Por no necesitar un motivo.
Por convertir tardes cualquiera
en de las mejores que tenemos.