Hay recuerdos que no vuelven porque los busquemos.
Simplemente aparecen.
Lo viví de pleno el otro día.
No tenía hambre. Tampoco era ese antojo vago de “me apetece algo dulce, pero no sé qué.” Era otra cosa, más precisa, más antigua.
Mi memoria ya sabía lo que quería.
Mucho antes que yo.
Quería pan con mantequilla y chocolate.
Y no sé por qué.
Solo sabía que necesitaba volver a probar ese sabor.
En casa nos dejamos llevar por una regla: si nos apetece un pastel o un helado, salimos a nuestra pastelería o heladería favorita y lo disfrutamos sin remordimientos. Pero evitamos comprar dulces para tener en casa, porque sabemos que es una tentación demasiado difícil de evitar.
Así que encontrar con qué preparar aquella merienda improvisada no fue tan sencillo como podría parecer.
Rebusqué hasta encontrar un poco de pan sin gluten. Cogí la mantequilla y un trocito de chocolate negro.
Calenté el pan sin saber muy bien si aquello era exactamente lo que estaba buscando.
Unté la mantequilla con calma.
Coloqué unas onzas de chocolate encima.
Corté el pan y preparé un pequeño bocadillo.
Mucho más pequeño que los que merendaba de niña.
Y entonces llegó el primer bocado.
Mágico.
El sabor estaba ahí.
Exactamente donde lo había guardado todos estos años.
Sonreí y pensé:
¿Cómo he podido pasar tanto tiempo sin volver a probar esto?
Porque aquello no era hambre.
Era memoria, era infancia.
Era volver, por un instante, a aquella niña inquieta, creativa y sensible que no sabía estar quieta.
Si no estaba pintando, escribiendo, leyendo o dibujando, estaba bailando frente al espejo, aislada del mundo en su habitación.
Y cuando salía a la calle, caminar tampoco era una opción.
Iba en bicicleta, en patines o saltando entre baldosas. Jugaba a la comba, al elástico, al petoque, o inventaba algún juego nuevo.
Siempre había algo que hacer.
Siempre había un mundo que imaginar.
Mis piernas llevaban casi siempre un mapa de moratones en diferentes colores, que contaban las historias vividas en los días anteriores. Y mi cabeza, seguramente, alguna fantasía más.
Porque imaginativa era un rato.
Tenía incluso un pensamiento recurrente: algún día cruzaría los océanos montada en una orca, visitando lugares lejanos y conociendo animales nuevos.
Ahora no soy capaz de meterme a más de dos metros de profundidad.
Y si no cubre, mejor.
Pero aquella niña no tenía límites para imaginar.
Era una niña buena, pero muchas veces sentía que no terminaba de encajar del todo en el mundo que la rodeaba.
Quizá por eso me emociona tanto ver en qué se convirtió.
Porque aquella niña que tantas veces sintió que no encontraba su lugar, ahora crea aromas que encuentran un lugar en la vida de muchas más personas de las que entonces habría podido imaginar.
Y, de alguna manera, creo que eso también es volver a casa.
Aquel día me prometí que volvería a regalarme, de vez en cuando, una mini merienda de pan con chocolate y mantequilla.
No porque la necesite.
No porque tenga hambre.
Sino porque no hay nada de malo en volver a un instante que nos hizo felices.
En regalarnos cinco minutos de aquella niña que fuimos.
En recordar su sonrisa.
Su creatividad.
Esa fantasía que no conocía límites.
Esa idea loca de recorrer el mundo, de conocer lugares y culturas nuevas.
Aunque ahora, en lugar de una orca, sea un tren, un coche o un avión.
La memoria del sabor funciona así.
No avisa.
No pesa.
Solo espera, quieta, a que volvamos a buscarla.
Y hay recuerdos que no se guardan en un cajón ni en una fotografía.
Se quedan viviendo, pacientes,
en el sabor de las cosas.