Siempre he pensado que las raíces no son un lugar, sino algo que se queda viviendo dentro de nosotros. A veces aparece sin avisar. En un olor, en una luz de verano, en un recuerdo que vuelve de repente.

Siempre he pensado que las raíces no son un lugar, sino algo que se queda viviendo dentro de nosotros.

A veces aparece sin avisar.

En un olor, en una luz de verano, en un recuerdo que vuelve de repente.

El patio de mi abuela era pequeño, pero a mí siempre me parecía enorme.

Las paredes blancas reflejaban la luz del final de la tarde y las macetas llenaban cada rincón. En una de las paredes trepaba un jazmín que, cuando caía la noche, perfumaba todo el aire del patio. Justo al lado crecía un limonero que en verano dejaba un aroma fresco que se mezclaba con el de las flores.

Yo corría de un lado a otro, jugando entre las macetas.

—Abuela, ¿por qué huelen tanto las flores por la noche? —le pregunté una vez.

Ella estaba sentada en su silla de mimbre, abanicándose despacio.

Sonrió.

—Porque las flores también esperan a que todo esté en calma para abrirse.

Yo no entendí muy bien lo que quería decir.

Solo recuerdo que me acerqué al jazmín y metí la nariz entre las flores.

—Huele a verano —le dije.

Mi abuela soltó una pequeña risa.

—Huele a casa.

A veces me sentaba a su lado mientras ella pelaba limones o preparaba algo en la cocina que daba directamente al patio.

—Cuando seas mayor —me dijo una tarde—, habrá olores que te harán volver a lugares que ya no existen.

—¿Como magia? —pregunté.

—Algo así —respondió.

En aquel momento me pareció una idea extraña.

Pero los años pasan, y la memoria tiene una forma curiosa de guardar lo importante.

Hoy lo entiendo.

Porque todavía ahora, cuando el aire trae ese aroma dulce de las flores en la noche, vuelvo a aquel patio.

Vuelvo a correr entre las macetas.

Vuelvo al limonero.

Vuelvo a escuchar la risa de mi abuela mientras el aire de la noche empieza a refrescar.

Las raíces funcionan así.

No hacen ruido.

No se ven.

Pero sostienen todo lo que somos.


Y hay recuerdos que no se guardan en la memoria.

Se quedan viviendo, para siempre,

en el aroma de las cosas.