Hay sitios a los que vuelves y no todo fue perfecto. Pero hay algo en ellos que siempre te recoloca. Como si el cuerpo supiera antes que la cabeza que está en casa.
A mí me pasa con el pueblo.
Es llegar y empezar a recordar antes de haber aparcado el coche. Cosas pequeñas. Cosas que en su momento no sabías que ibas a guardar.
Como Javier.
Javier era mi vecino, mi cómplice, mi amigo de toda la infancia. Los dos éramos los pequeños de familias numerosas, lo que en aquella época significaba una cosa muy concreta: libertad. Una libertad que ahora me parece casi increíble. Nadie nos preguntaba dónde íbamos. Nadie miraba el reloj. Salíamos por la mañana y volvíamos cuando el hambre o la voz de nuestras madres nos lo ordenaban.
Jugábamos al escondite, al elástico, al petoque. Nos caíamos de la bici y nos levantábamos sin llorar, con las rodillas llenas de heridas que cubrían otras heridas más viejas. Corríamos por las calles como si fueran nuestras, porque de alguna manera lo eran. Nos perdíamos sin noción del tiempo, sin malicia, sin maldad, sin una pantalla pegada a los ojos. El mundo era lo que teníamos delante.
Recuerdo las tardes de verano, cuando las horas se estiraban de una manera que ahora me parece imposible. Las vecinas sacaban las sillas a la puerta, se sentaban al fresco con los mandiles remangados y hablaban en voz baja mientras nosotros dábamos vueltas a su alrededor sin prestarles demasiada atención. Había una casa al final de la calle donde decíamos que vivía una bruja. Solo porque vivía allí una mujer mayor, siempre de luto, que apenas salía. Ahora pienso en eso y me da pena. Pobre mujer, con su duelo a cuestas y nosotros inventándole historias de miedo desde fuera.
Cuando llegaba la hora de la merienda, nuestras madres nos llamaban a voces desde las ventanas. Y nosotros hacíamos como que no oíamos. Y en las noches largas de verano, cuando ya no había manera de hacernos entrar, acababan nuestros padres sacando un bocata de tortilla francesa a la calle porque la alternativa era que siguiéramos ahí hasta la medianoche.
Todo aquello ocurría entre sábanas.
Porque el pueblo en verano olía a eso. A sábanas tendidas al sol, moviéndose con el aire de la tarde, ocupando los patios y los tendederos como banderas blancas. Y nosotros jugábamos al escondite entre ellas, escondiéndonos detrás como si fueran paredes, riéndonos sin parar mientras la tela nos rozaba la cara.
En ese momento no pensabas en nada más.
Solo en jugar. Solo en no ser pillada.
Y luego están otros recuerdos. De esos que en su día no valorabas.
—Sube conmigo a tender —me decía mi madre.
Y a mí me daba pereza. Subía refunfuñando, mirando el reloj, queriendo acabar cuanto antes. No entendía nada.
Y ahora…
Ahora llego. Aparco, bajo del coche, respiro hondo… y ese olor sigue ahí. A limpio. A sol. A sábanas recién tendidas. Y algo dentro de mí se asienta de golpe, como si llevara meses sin respirar del todo y aquí, por fin, pudiera hacerlo.
Entro en casa. Mi madre está en el sillón, como siempre. Tranquila. Con sus ovillos de lana a un lado y las agujas moviéndose sin prisa. No levanta la vista del tejido. Al rato, sin apartar los ojos de las agujas:
—Tengo habas enzapatá. Y tomates ahí, y huevos… y patatas frescas. Llévate si quieres.
Esa es su forma.
Mi madre ha sido siempre una mujer de pocas palabras. De las que no dicen lo que sienten porque su lenguaje siempre fue otro: las manos, el puchero puesto antes de que nadie lo pidiera, las cosas preparadas con antelación para cuando llegaras. Una mujer que aprendió pronto que la vida no espera, que cargó con mucho sin hacer ruido y siguió adelante con una constancia que ahora entiendo que no es poca cosa. Que es, de hecho, una forma de valentía.
No pregunta mucho más. No hace falta. Ahí está todo: el cuidado, la atención, el "me importas" dicho a su manera. Sin palabras grandes. Sin adornos.
Antes no lo veía. Ahora sí.
Ahora entiendo lo que había detrás de cada sábana tendida, de cada comida preparada, de cada día repitiendo lo mismo sin descanso. Y también entiendo ese momento suyo cuando se sentaba a tejer. Yo pensaba que simplemente estaba ocupando el tiempo. Ahora sé que era su forma de parar. De estar en calma. De respirar un poco después de todo.
Y hay algo en eso que ahora admiro.
Con el tiempo cambias la forma de mirar. Empiezas a valorar lo que antes te parecía normal. A darte cuenta de que no todo fue perfecto… pero que hubo cosas muy buenas. Muy de verdad. Y se quedan.
El sol. Las sábanas moviéndose despacio. El olor a limpio que lo llena todo. Y ella. Ahí. Como siempre.
Y entonces lo entiendes. Que hay lugares que no solo recuerdas.
Te sostienen.
Hay cuidados que no se dicen. Solo se hacen. Todos los días. Sin esperar nada a cambio.