Fui a esa cita casi sin ganas. Para ser exacta, lo intenté todo para no tener que ir.
Le presenté a Lucía, que es divertida, viaja y tiene una risa que llena las habitaciones. Le presenté a Marta, que encaja con casi todo el mundo. Y por si acaso, le mandé un mensaje a Carolina: «Se le ve majete, viene a Huelva este finde y le apetece plan de playa, por si te animas.» Lo que tardé en descubrir es que a Dani la playa le gusta exactamente lo mismo que a mí el calor de agosto a las tres de la tarde: nada. Pero eso fue después. Primero tenía que fallar el plan.
Y el plan falló.
Así que aquella noche, sin una razón muy clara que pudiera defenderme, cambié de opinión y fui.
Llegué tarde. Con ese punto de indiferencia que te pones cuando no quieres que nada te importe demasiado. Me senté. Pedí algo. Y empezamos a hablar.
La conversación que debería haber durado lo justo se fue alargando sola. De esas que empiezan en cualquier sitio y de repente llevan horas sin que nadie haya mirado el reloj. Porque nadie ha querido hacerlo.
En algún momento de la noche, estábamos hablando —no recuerdo ya el qué—, y de forma fortuita, quizás intencionada, no lo sé, rozamos las yemas de los dedos por debajo de la mesa.
Y entonces lo supe.
No fue un pensamiento. Fue algo que pasó antes de que la cabeza tuviera tiempo de opinar. Que aquella persona iba a quedarse. Que ese contacto tan pequeño, tan casi nada, llevaba dentro algo que el cuerpo reconoce sin que nadie tenga que explicárselo.
El cuerpo avisa así a veces. Sin pedir permiso.
Y yo, que me había pasado meses construyendo paredes con mucho cuidado, noté que algo empezaba a moverse de sitio.
Pasaron semanas. Luego meses. Fui descubriendo que tenía un talento muy particular: el de hacerme reír sin que yo me lo esperara. De esas risas que salen antes de que puedas decidir si quieres reírte. Un día, después de soltar una de sus cosas en el momento menos indicado, lo miré con cara de en serio.
—Eres un poco exagerado.
—Es mi mayor objetivo en la vida. —Pausa.— Y además tienes la sonrisa más preciosa del mundo, así que el trabajo merece la pena.
Así es él. Lo dice porque lo siente y punto.
Hubo también noches más difíciles. De esas en que estás más cansada que de costumbre y se te escapa lo que llevas tiempo callando.
—No me lo merezco —dije una vez, casi sin querer.
Me miró un momento en silencio.
—Pues yo creo que sí. —Y lo dijo como si fuera la cosa más evidente del mundo. Sin discurso. Sin prisa. Solo eso.
Que a veces es lo único que hace falta.
No sé en qué momento exacto dejó de ser alguien que conocía para convertirse en la persona con quien construyo, día a día, algo que ninguno de los dos habría imaginado solo. Pasó despacio, como pasan las cosas que duran. Un día dijimos que sí, que siempre. Pero elegirse no es una decisión que se toma una vez. Es una que se renueva cada mañana.
Y tú la renuevas.
Cuando todo falla, estás. Cuando el peso de la vida se pone encima —y la vida, sé que lo sabes, puso mucho peso sobre mí— no te vas. No te rindes. Te quedas. Y en quedarte está todo.
Me has convertido en tu mejor plan.
Tu mejor compañía. Tu mejor amiga y tu mejor amante.
Hay una versión de nosotros que nadie más ve. La de los silencios que no pesan. La de estar sin hacer, sin rendir. Sin ser ninguna versión mejorada de nosotros mismos. Solo estar. Y en ese estar, ser más que en ningún otro sitio.
Has visto todas mis versiones. Las que me gustan y las que me cuestan. Las que salen cuando estoy contenta y las que aparecen cuando estoy rota, cuando tengo miedo, cuando no sé muy bien quién soy. Y aun con todo eso delante, has elegido quedarte.
Tenerte es mi mejor versión posible. No porque me completes, sino porque me retas. Porque no me dejas conformarme. Porque hay algo en cómo me miras que me recuerda que todavía tengo cosas por construir, por aprender, por ser.
Y lo sé mejor que nadie en esas tardes cuando la luz baja despacio y el mundo de fuera se queda donde tiene que estar: fuera. Acurrucados en el sofá, con las velas encendidas, sin rendir cuentas a nadie.
A veces, cuando todo lo demás se ha callado, pienso en aquella noche en la que intenté no ir. En llegar tarde con cara de indiferencia bien ensayada. En aquel roce de las yemas de los dedos por debajo de la mesa y en todo lo que ya no hubo manera de deshacer.
Hay algo en el olor de esas tardes que lo guarda todo. Tu olor. Ese que ya reconozco antes de que llegues, que se queda impregnado en todo, que calienta sin quemar. Algo que huele a cerca, a dentro, a quedarse. Que se pega a la piel y no tiene prisa por irse.
No hay mejor caricia.
No hay mejor abrazo.
No hay mejor olor que el tuyo.
Bajo la piel somos nosotros. Sin filtros. Sin armadura. En nuestra versión más vulnerable y más verdadera. Y aun así, seguimos eligiéndonos. Seguimos construyendo.